
Todos los creyentes, fervorosos o lánguidos, podemos llevar dentro de estos nuestros vasos de barro del hombre natural la llenura del Espíritu, así como todos somos a la vez en el mundo y en la Iglesia trigo y cizaña, barro y salvación, carne y espíritu. Así como sucedía en el caos primigenio, también sobre este caos actual de pensamiento y actitudes anárquicas… el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. (Génesis 1:2).
La fe del hombre fiel pone a Dios por encima de cualquier cosa, de su propia persona y aún de su propia vida, ya que vida solo hay en Dios que es la Vida absoluta, y el único dispensador de ella. El hombre actual, como antes el antiguo, están bajo maldición hasta que el Espíritu lo elige y moldea, llevándole en total sumisión a la voluntad de Dios.
No existe tal cosa como que el hombre, mediante estudio o predicación, ha decidido dar a Dios una oportunidad. Eso es una desgraciada forma de pensar ignorante y fatua. Es la iniciativa de Dios la que empieza la obra de salvación, la sigue y acaba. Al hombre solo le corresponde mantener la posición por la acción del Espíritu en él. Esa es la gran elección de Dios y también la tuya.
Todo fleco, toda suciedad por pequeña que sea, toda contaminación, han de desaparecer del hombre de Dios. Para él solo hay una palabra que es inerrante, y esta es la palabra de Dios. La única que expresa su pensamiento para nosotros y la única aceptable.
Solo desde ese punto de partida, en perfecta aceptación, es posible al hombre gustar los bienes del mundo venidero, y participar en la paz y la felicidad de Dios desde el momento de su rendición absoluta a Él.
No es posible para el cristiano, ninguna forma de relación o aceptación de alguna facultad que pueda emanar de unos seres rebeldes. En el plano espiritual, no podemos aceptar lo que Dios mismo ha desechado como inmundo. Los resultados son desastrosos salvo mínimas ocasiones.
Todo conocimiento insumiso, por muy excelente que parezca ser, está contaminado del espíritu de rebeldía. Claramente y con rigor, esta rebeldía proclama en ellos su odio violento y su fatal condenación. Tal como una computadora dotada con excelentes capacidades y programas, pero afectada por el temible virus que estropea, y muchas veces arruina, magníficos trabajos.
Es incomprensible, que en el rigor de sus desdichas y conociendo a quien pueden acudir a mitigarlas, no acudan a la fuente de refrigerio tan deseado sino que persistiendo en seguir constantemente inmersos en sufrimiento y condenación, la desprecian y atacan. No han sido elegidos ni llamados con el llamamiento celestial. (Hebreos 3:1).
No estoy hablando de excesos y fijaciones que no son motivo de revelación, sino de aquello que la Iglesia ha considerado como revelado. Y desde luego, hay que ser muy respetuoso con la forma en que cada uno enfoca las cuestiones espirituales, y más aun si se trata d percepciones cristianas.
Así, creo que se puede guardar la paz entre los que proclaman a Cristo (a veces estrepitosamente), sean cuales sean las sensibilidades que tenga cada uno sobre este trascendental misterio. Si son o no herejes, es cuestión de que como dice San Pablo: Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. (Romanos 14:15)