
No se discierne, que la ausencia de Dios en el sentir y hacer del hombre, es el mayor pecado y la mayor corrupción. Y hoy como ayer las cosas siguen igual. No hay más que repasar someramente la historia de la humanidad, y mayormente la de las dos últimas guerras mundiales entre las naciones más “civilizadas” de la tierra. La historia acusa.
Siempre que se trata del tema de la separación se acude velozmente a la acusación de rigidez, de intransigencia y de falta de interés por la salvación del prójimo. Muchas veces de buena fe y con la misma "bondadosa" ignorancia.
Es cierto que a veces se quiere conseguir este distanciamiento, imponiendo una incomunicación y un ascetismo casi monacal o cátaro, que tampoco funciona. Pero no se trata de apartarse y aislarse de las gentes; de los “moradores de la tierra”, como no tendría que ser advertido a los verdaderos cristianos a quien este trabajo va dirigido.
En la misma iglesia de, suceden los más aberrantes casos de desobediencia. Actualmente, si se acude sin rubor al más execrable espectáculo; ¡Nada de advertir, ni siquiera mostrar desaprobación! ¿Se acude sin rebozo a actos ocultos que están desaprobados por
Si se desaprueba alguna costumbre que no está especificada por
Así ocurre en todas estas cosas que entorpecen el Evangelio y la salvación, pero a las que es imposible oponerse de alguna manera. Cualquier llamada de atención, cualquier admonición, es tergiversada con tal de excusar los vicios. Los vocablos preferidos son: retrógrado, beato, nazi, machista, etc. Ante eso no hay defensa. Ahí terminó el “diálogo”.
Casi todo se quiere que valga por tantos en las que no resida un espíritu de respeto y acatamiento a las ordenanzas de Dios. Se hace lo que se quiere, y ni se tiene como cosa perniciosa. Eso no sería “moderno”. Tanto en el plano social como en el religioso se ha abierto la caja de Pandora que anuncia otra vez el miedo generalizado a la calamidad.
Esta es ocasión oportuna, para insertar un texto que se explica por si solo, sin necesidad de interpretaciones de nadie. La Iglesia, que solo tiene legitimidad si obedece a Dios y sigue los pasos de Jesucristo, ha de interiorizar lo más profundamente, posible en su ser de Iglesia de Dios, el siguiente texto. Por sí solo, es una perfecta instrucción para el andar del cristiano dentro y fuera de
¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre.
Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.
Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.
Las consecuencias de la desobediencia, son funestas para el rebelde a la guía cierta de Dios, por boca de los hombres ungidos. Muchas veces oímos decir las famosas frases ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué Dios permite las guerras? Y otras muchas de semejante jaez. Ahí va la respuesta en palabras del gran apóstol.
¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.
Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. ¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios. (Santiago 3:13 y ss.).
Los mundanos abominan del mandamiento. Por ejemplo: No matarás es para estas personas un mandamiento que solo les impide matar a ellos (que quieren matar), sin tener en cuenta que también impide que a ellos les maten otros.
Cuando les conviene invocan este mandamiento para apoyar una tesis o conveniencia suya. Para sus eslóganes, muchos que no muestran el menor indicio de respetar los mandamientos divinos, utilizan para remover conciencias a favor de sus tesis el “no matarás”.
No creen en el mandamiento y, sin embargo, lo exhiben para convencer a otros. Con la mayor desvergüenza y oportunismo los ponen delante de los que, desde siempre, han tenido por sagrado el mandamiento, que ellos manipulan a su conveniencia. Así con todos.
Ya no existe (dicen) verdad fiable y sólida. No vale la pena someterse a nada. Cada cual que haga lo que más le convenga. Nadie cree que exista una instancia moral mayor que la suya propia, y por tanto que le obligue en conciencia. Su propio designio es su moral.
Solo que al fin y al cabo nos preguntamos: ¿Y quien es el hombre que sabe lo que más le conviene, si no tiene la referencia de Dios? El escrupuloso deseo de obedecerle es para muchos “modernos”, propio de “gente anticuada” que “todavía cree que está en la verdad”.
Así se califica a quien osa, de una u otra manera, a negarse a dar por buena esta forma consuetudinaria de vivir la vida social. Reconocemos que cada cual puede tener sus razones. Nosotros tenemos las nuestras, que estamos convencidos, responden a la voluntad de Dios. Y no vale el tan trillado, y tan a menudo utilizado falazmente, argumento del amor.
El amor hay que ejercerlo en la comprensión del pecado, de la debilidad propia y de los demás. De comprender, a proceder a su aprobación o a su apoyo, como cosa ligera y fácilmente aceptable, existe un abismo.
Este amor que tan insistentemente se predica por tantos (que no lo practican), es necesario ponerlo en práctica en la asistencia a los demás hermanos que tienen que salir, (y quieren) de una mala situación. Con ellos sin embargo se ejercitan a veces unas actitudes de rechazo rencoroso y anticristiano.