Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente.
¡Ojalá fueses frío o caliente!
pero por cuanto eres tibio y no frío ni caliente
te vomitaré de mi boca.
Porque tú dices: yo soy rico y me he enriquecido y de nada tengo necesidad;
y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego e indigente.
(Apocalipsis. 3:15-16-17)
Si estás en Cristo no puedes estar en el mundo, ni de parte de los mundanos. No es preciso que los desprecies; solo es necesario que los ames, apartado de ellos por causa de sus enfoques, filosofías y obras. Parece difícil de entender, aunque Dios sabe ponerlo al alcance y comprensión de los que le aman.
El mismo Señor dijo claramente: separados de mí nada podéis hacer... El que en mí no permanece, será echado fuera (Juan 15) Y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. (Juan 17) Meditemos con reverencia esta actitud de Jesús, en la seguridad de que hallaremos consuelo e iluminación, para seguir nuestros pasos, en las mayores pesadumbres que tengamos que pasar por amor al Reino.
Es por eso, que es tan grave y no liviano descuido, dejar la práctica de la lectura de las Santas Escrituras, la meditación y la oración, para atender a muchos asuntos profanos que muchas veces no son solo inútiles, sino perniciosos en grado extremo.
Esto se hace con una frialdad y una despreocupación que espantan, y esto entre los creyentes. ¿Cómo no nos damos cuenta de lo mal que estamos empleando nuestro tiempo, que no nos pertenece sino en orden a la gloria de Dios?
Creemos que pasar el tiempo en distracciones y devaneos es cosa de poca importancia para el creyente. A juicio de las gentes incrédulas no son malas, ni ellos hacen nada reprobable. Obviamente el que tiene en poco su vida eterna y el servicio a Dios, es así como piensa y actúa.
¿Que hacía Abraham en el desierto casi inhabitable? Desde una perspectiva mezquina y utilitaria, nos parecería que perdía el tiempo y los mejores años de su vida, cuando tan tentadoramente fácil le hubiese sido volver a su tierra. (Hebreos 11:15) Él esperaba del Señor otra cosa mejor, según su fe en la promesa divina, y allí aguardaba sosegadamente el cumplimiento de la bendición.
Abrahán vivía sin tener presente otra cosa que obedecer la voluntad del Señor, siendo receptáculo del principio de la manifestación de su maravillosa providencia. Dios contó con él, y él a su vez sintiéndose movido por Dios, se mantuvo en el lugar que se le había asignado. La tierra que habrían de poseer sus descendientes.
Ese era su lugar, y su estar; nada más. Solo tenía que morar en aquella tierra y mirar al Señor. No careció nunca de compañerismo y amistad por parte de Dios, que le acompañó fielmente por dondequiera que anduvo, sosteniéndole y librándole,
Aun en sus más penosas defecciones a causa de su humana debilidad. Abrahán siempre contaba con el Señor. Es cierto que alguna vez pecó por miedo o voluntarismo, pero siempre le sostuvo el Dios de la promesa. ¡Aprendamos!



