
Es bien claro el dicho de Jesús: Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. (Juan 10:9) Basta con creerle. ¡Vamos pues con Él adonde nos quiera llevar, que es lugar deleitoso y gratificante en grado sumo! Él nos muestra la senda estrecha que lleva a la vida.
La ancha la recorren los mundanos, no sin graves perjuicios para ellos en esta vida y además la condenación eterna. ¡Apartaos de mí! (Mateo 7:23) Terribles y estremecedoras palabras. ¿Quién tendrá que oírlas?
Jesús pidió al Padre que le librara de la pasión, del abandono y de la maldición que habría de llevar por todos los hombres. En el huerto de Getsemaní sudó gotas como de sangre, y su alma se angustió hasta la muerte; pero allí soportó, y allí triunfó.
El discípulo no es más ni mayor que el maestro, (Lucas 6:40) y nosotros, ante cualquier evento, por muy duro que nos parezca, hemos de conservar nuestra posición, en la seguridad de que procediendo de esta forma hacemos la voluntad de Dios.
Jesús la hizo en el trance de la muerte; y hasta el final, aún cuando era abandonado por su Padre amado, supo decir las palabras mas sublimes de la boca de un ser humano. ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! (Lucas 23:46)
Hasta el último instante de su vida terrenal, y en el duro trance de maldición y muerte afrentosa, confió en el Padre. Jamás dudó de Él ni creyó que allí terminaba todo, sino que era precisamente el comienzo de la acción del Padre y del Espíritu Santo; para con los hombres y la liberación de estos. (Lucas 23:46).
Reconozcamos que somos muy amigos de la comodidad que puede proporcionarnos este sistema de vida actual, y de las ventajas que nos puede reportar el allanarse a la forma de vida dominante y opresiva de estos tiempos. ¡Se está aparentemente tan bien en la seguridad mundana, y en la amistad con el enemigo!



