El temor a lo que piensen de nosotros las gentes del mundo, hace que nos relacionemos con los incrédulos en su propio terreno -el de la indiferencia y la incredulidad- por miedo a perder honores vanos que no provienen de Dios, o por las burlas que podamos sufrir, y por lo tanto son contrarios a lo que Dios quiere para nosotros.
Si estando recogidos y vigilantes tenemos tanto peligro de caer ¿que será si continuamente andamos enredados en las intrigas y murmuraciones de las gentes, ya sean amigos o adversarios? A veces “quien calla otorga” y si pasamos por las pequeñas cosas, estamos -por así decirlo- conviniendo para las grandes con el enemigo escondido detrás de las personas que actúan de forma diferente a como ha de hacerlo un creyente.
Hemos de ser amigables y asequibles para todas las personas, aunque cuando se ponen en peligro las convicciones cristianas, hay que retirarse con prudencia y cortesía, con firmeza humilde, de las situaciones que a los indiferentes les parecen estupendas y pueden ser causa de caer.
Es indiferente que sea la propia incredulidad la que nos lleve a esa mala relación, como que esa mala relación, sea la que cada vez nos dificulte más nuestra práctica piadosa, y dependiente solo del Dios vivo. Él es, el que nos guía fructuosamente a lo largo de nuestra vida, como se dice por boca de los profetas:
Yo soy el Señor Dios tuyo, que te enseña provechosamente, que te encamina por el camino que debes seguir. ¡Oh si hubieses atendido a mis mandamientos! Fuera entonces tu paz como un río, y tu justicia como las ondas del mar. (Isaías capítulo 48). Clama a mí y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces. (Jeremías 33:3).
¡Que abundancia de promesas y seguridades nos revela Dios en su palabra, y que mal las interpretamos y recibimos! ¡Que caudal tan inmenso de ternura hay en nuestro Dios que nos guarda y nos ama tanto! Que nos ha señalado el camino seguro para transitar fuera de la condenación, merecida por todo ser humano, desde el pecado de desobediencia de Adán.
En la mayoría de las ocasiones, estas dulces y ciertas promesas son para muchos, mera literatura, que no tiene en realidad poder ni respaldo de Dios. Pero ni la indiferencia, que es incredulidad encubierta, ni el temor a los hombres, es capaz de impedir que haya muchas almas creyentes que beben literalmente con gran consuelo personal y poder espiritual, palabras como las que el Señor nos dirige por medio de los profetas y todos los hombres de Dios.
El mismo Cristo, en sus amorosas certezas a los suyos, no duda en aclarar -a la perfección- y sin ningún asomo de falsa interpretación, cual es el destino eterno de los creyentes. Y sabéis a donde voy, y sabéis el camino. El desconcertado Tomás, todavía apasionado por el poder de este mundo le replica: Señor, no sabemos dónde vas; ¿como, pues, podemos saber el camino? (Juan 14:5).
¿Es esa también nuestra pregunta hoy? Podría ser, pero ya tenemos la respuesta: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me has conocido?... El que me ha visto a mí ha visto al Padre. (Juan 14:9). Si me amáis guardad mis mandamientos... Pero vosotros le conocéis, (al Espíritu) porque mora en vosotros, y estará con vosotros. (Juan 14).
¿Que podemos añadir? el que lee, entienda. (Mateo 24:15)… ¡tanto tiempo!…) Es una triste realidad que no hay peor sordo que el que no quiere oír, y que los argumentos no valen nada para el que no quiere argumentar, sino discutir o disputar.


